
Existe un atril en el patio de mi casa,
fue un regalo que un viejo historiador le obsequio
a mi padre, creo que tiene unos 20 años, es de
roble traído desde el sur, cerca de Isla tenglo en
Puerto Montt, mide un metro y cincuenta centímetros
de alto, y tiene una tablilla de bandeja de Ébano tallado,
sus tornillos y mariposas son de bronce y al pintar,
entrega un crujido interesante.
Pero, a pesar de tener tan interesante pieza heredada
de mi padre, ha sido abandonado por completo. Mi padre,
Ernesto Munizaga, fue un conocido pintor a nivel local,
se le conoció por su curiosa técnica al oleo y por sus
paisajes detallados. Murió a sus setenta y nueve caminados años y
dejó en su taller más de quinientas obras en las cuales trabajó,
algunas con dueño pero aún no despachadas, trabajo al cual
me dedique algún tiempo después de su ida.
Desde muy pequeño el me instruyo en el arte de pintar y retratar,
logrando en ocasiones buenos resultados, al comenzar el bailar
de hormonas mi expresión cambió bastante, deje de pintar
paisajes y me dedique a los desnudos, campo completamente
distinto de mi maestro.
Un día de otoño, ambos nos sentamos a tomar mate cerca
de los ventanales del living de casa, nos miramos mutuamente
y resolvimos en mesclar las técnicas que cada uno desarrollo
por su personal camino. Debo decir que un tiempo me fui de casa
a buscar mi propio estilo.
Luego de los últimos sorbos de mate, mi padre se levantó y bajo
al sótano con algo de apuro, tiro al suelo varias cajas llenas de polvo,
buscaba algo con gran afán, hasta que dio con su objetivo. Un viejo
atril, más anchos que lo comunes, él lo tomó y me miró con una
sonrisa. !Aquí trabajaremos, me dijo, la idea me animo y subimos.
Nos establecimos en el patio de casa, como el clima aún
no empeoraba mucho no hubo mayor problema.
Ambos luchamos por encontrar un lugar en la tela, trazos partían
claros y acaban oscuros, el paisaje toma forma de rostro y luego de
espalda, el oleo chorrea por un pincel grueso y falta en las puntas claras,
derrepente la lucha se detiene por un café o una cambio de paleta, y
luego vuelve con mayor fervor, entre lineas se cruzan miradas y sonrisas,
llantos y carcajadas, caricias de padre, besos de hijos, y almuerzos de
dulce madre. Primer plano y llega primavera, a veces las flores del ciruelo
se adhieren a la pasta, y las pinzas son la herramienta indicada, el calor
apresura el ritmo y los guerreros toman mayor iniciativa, los pinceles
se vuelven espadas y las paletas carrozas voladoras. Mi padre disfruto
cada momento del trabajo, muchas mañanas llevaba al patio y él ya estaba
con su mano en su pera pensando en como avanzar, yo, intentaba extraer
esa sabiduría y la usaba a mi favor, pero nunca fui mejor que él.
Llego el verano y el verde agua se seca ante el calor burbujeante del sol.
El té helado es habitual y mi padre ha dejado ausente sólo una linea la cual
me ha dado el honor de aplicar.
La lucha a terminado, y ambos hemos resultado victoriosos, una obra
tierna y calidad, con un toque de amor de padre e hijo, tomando lo mejor
de cada época del año, un trazo sobre otro, una perfecta melodía de
notar pintadas.